31.3.11

Cazadores de Sombras: 2. Ciudad de Cenizas.


1. LA FLECHA DE VALENTINE

- ¿Sigues estando furioso?
Alec, recostado en la pared del ascensor, lanzó una mirada iracunda a Jace.
-No estoy furioso.
- Ah, sí lo estás.
Jace hizo un gesto acusador a su hermanastro, luego dio un grito de dolor al sentir una fuerte punzada en el brazo.
Tenía todo el cuerpo dolorido, por los violentos golpes que había recibido, aquella tarde, al caer tres pisos a través de unos pisos de madera podrida y aterrizar sobre un montón de chatarra. Hasta tenía los dedos magullados. Alec, que hacía muy poco había dejado las muletas, que tuvo que usar tras la pelea con Abbadon, tenía un aspecto comparable a lo mal que se sentía Jace. Su ropa estaba cubierta de barro y el cabello le colgaba en mechones lacios y sudorosos. Un largo corte le descendía por el borde de la mejilla.
-No estoy furioso- insistió Alec, apretando los dientes-. Sólo porque dijeras que los demonios dragones estaban extintos...
-Dije que estaban extintos en su mayoría.
Alec le señaló con el dedo.
-Extintos en su mayoría- replicó con la voz temblándole de ira- es NO LO BASTANTE EXTINTOS.
-Entiendo - repuso Jace-, pues haré que cambien lo que pone en el libro de texto de demonología, de 'casi extintos' a 'no lo bastante extintos para Alec. Él prefiere a sus monstruos realmente, realmente extintos'.¿Contento?
-Chicos, chicos- intervino Isabelle, que había estado examinándose el rostro en la pared de espejo del ascensor-. No peleen- Se apartó del espejo con una sonrisa radiante-. Muy bien, hubo un poco más de acción de la que nos esperábamos, pero a mí me pareció divertido.
Alec la miró y meneó la cabeza.
-¿Cómo te las arreglas para no mancharte nunca de barro?
Isabelle se encogió de hombros con un gesto filosófico.
-Ser pura de corazón, repele la mugre.
Jace lanzó tal risotada que ella lo miró con cara de pocos amigos. Él agitó los dedos cubiertos de barro en su dirección. Las uñas eran medias lunas negras.
-Mugrienta por dentro y por fuera.
Isabelle estaba a punto de contestar cuando el ascensor se detuvo con un chirrido de frenos.
- Ya es hora de hacer que arreglen esto- comentó mientras abría violentamente la puerta.
Jace salió tras ella, al vestíbulo, con ganas de desprenderse de la armadura y las armas y darse una ducha caliente. Había convencido a sus hermanastros para que salieran de caza con él, a pesar de que ninguno de ellos se sentía totalmente a gusto saliendo solo, ahora que Hodge no estaba allí para darles instrucciones. Pero Jace había deseado la inconsciencia de la lucha, la dura diversión de matar y la distracción de las heridas. Ellos lo habían acompañado, arrastrándose por mugrientos túneles de subte abandonados hasta que encontraron al demonio dragonidae y lo mataron. Los tres trabajando juntos en perfecta sincronía, como siempre lo había hecho.
Jace se bajó la cremallera de la campera, se la sacó y la colgó de uno de los ganchos de la pared. Alec se había sentado en un banco bajo de madera junto a él, quitándose las botas cubiertas de barro mientras tarareaba, desafinando y por lo bajo, para hacer saber a Jace que en realidad no estaba tan molesto. Isabelle se quitaba las horquillas de la larga melena oscura, dejándola caer.
- Estoy hambrienta- dijo -. Ojalá mamá estuviera aquí para cocinarnos algo.
- Es mejor que no esté- repuso Jace mientras se desabrochaba el cinturón de las armas-. Ya nos estaría chillando por cómo hemos dejado de sucias las alfombras.
- En eso tienes razón - dijo una voz fría. Jace se volvió en redondo, con las manos aún en el cinturón, y vio a Maryse Lightwood en la entrada con los brazos cruzados.
Maryse llevaba un adusto traje negro de viaje, y el cabello, negro como el de Isabelle, recogido en una gruesa cola que le llegaba hasta la mitad de la espalda. Sus ojos, de un azul glacial, pasaron raudos sobre los tres jóvenes como un reflector de rastreo.
-¡Mamá!
Isabelle, recuperando la compostura, corrió hacia su madre para abrazarla. Alec se puso en pie y se unió a ellas, intentando ocultar su renguera.
Jace permaneció donde estaba. Algo en los ojos de Maryse lo dejó paralizado cuando su mirada pasó sobre él. Lo que había dicho no era tan malo, ¿no? Siempre bromeaban sobre su obsesión por las alfombras antiguas...
- ¿Dónde está papá?- preguntó Isabelle, apartándose de su madre-. ¿Y Max?
Se produjo una pausa casi imperceptible.
-Maxx está en su habitación- contestó finalmente Maryse-. Y tu padre, por desgracia, sigue en Alacante. Había cierto asunto allí que requería su atención.
Alec, por lo general más sensible a los estados de ánimo que su hermana, pareció vacilar.
-¿Todo bien?
- Yo sí que podría preguntarte eso. -El tono de su madre era seco-. ¿Rengueás?
-Bueno...
Alec mentía fatal, así que Isabelle acudió en su rescate, sin alterarse.
-Hemos tenido un pequeño roce con un demonio dragonidae en los túneles del subte. Pero no fue nada.
-¿Y supongo que el Demonio Mayor con el que se enfrentaron la semana pasada tampoco fue nada?
Incluso Isabelle calló. Miró a Jace, quien deseó que no lo hubiese hecho.
-Eso no estaba planeado- contestó ése.
Jace estaba teniendo problemas para concentrarse. Maryse no lo había saludado aún, no le habia dicho ni hola siquiera, pero seguía mirándole con ojos que eran como dagas azules. Empezó a notar una sensación de vacío en la boca del estómago, que se iba intensificando. Ella jamás lo había mirado de ese modo, hubiese hecho lo que hubiese hecho.
-Fue un error...
-¡Jace!
Max, el más joven de los Lightwood, se coló por el lado de Maryse y entró como una exhalación en la sala, esquivando la mano de su madre, que intentaba agarrarle.
-¡Has vuelto! Todos volvieron.- Giró sobre sí mismo, sonriendo triunfal a Alec y a Isabelle-. Me pareció oír el ascensor.
-Y a mí me parece que te dije que te quedaras en tu habitación- replicó Maryse.
-No lo recuerdo- respondió Max, con una seriedad que hizo sonreír, incluso, a Alec.
Max era pequeño para su edad- parecía tener unos siete años-, pero poseía una reservada circunspección que, combinada con sus lentes descomunales, le proporcionaba el aire de alguien mayor. Alec le alborotó el cabello, pero Max seguía mirando a Jace con ojos brillantes. Jace sintió que el frío puño que le estrujaba el estómago se relajaba un poco. Max siempre lo había idolatrado como no lo hacía con Alec, probablemente porque Jace era muchísimo más tolerante con la presencia del pequeño.
-He oído que peleaste con un Demonio Mayor- dijo Max-. ¿Fue formidable?
-Fue... diferente- respondió Jace evasivo-. ¿Qué tal Alacante?
-Eso sí que fue formidable. Vimos las cosas más fabulosas. Tienen un arsenal enorme, y me llevaron a algunos de los lugares donde fabrican las armas. También, me enseñaron un modo nuevo de fabricar cuchillos serafín, para que duren más, y voy a intentar conseguir que Hodge me enseñe...
Jace no pudo evitarlo; los ojos se le fueron al instante hacia Maryse, con una expresión incrédula. ¿Así que Max no sabía lo de Hodge? ¿No se lo habían contado?
Maryse vio su expresión, y los labios se le afinaron en una línea delgada como un cuchillo.
-Ya es suficiente, Max - ordenó, y agarró a su hijo menor del brazo.
Éste echó la cabeza hacia atrás para mirarla sorprendido.
-Pero estoy hablando con Jace...
-Ya lo veo.- Lo empujó con suavidad hacia Isabelle-. Isabelle, Alec, lleven a su hermano a la habitación. Jace- había tensión en la voz de Maryse cuando pronunció su nombre, como si un ácio invisible secara las sílabas en su garganta-. límpiate y ven conmigo a la biblioteca tan pronto como puedas.
-No lo entiendo- intervino Alec, pasando la mirada entre su madre y Jace-. ¿Qué es lo que sucede?.
Jace podría notar que un sudor frío empezaba a correrle por la columna vertebral.
-¿Tiene esto que ver con mi padre?- preguntó.
Maryse se estremeció dos veces, como si las palabras 'mi padre' hubiesen sido dos bofetones separados.
-La biblioteca- dijo con los dientes apretados.- Discutiremos el asunto allí.
-Lo que ha pasado mientras no estaban no fue culpa de Jace - intervino Alec-. Todos estuvimos metidos en ello. Y Hodge dijo...
-También hablaremos sobre Hodge más tarde.
Los ojos de Maryse estaban puestos en Max, y el tono de su voz era de advertencia.
-Pero, mamá- protestó Isabelle-, si vas a castigar a Jace, deberías castigarnos a nosotros también. Sería lo justo. Todos hicimos exactamente lo mismo.
-No- repuso Maryse tras una pausa tan larga que Jace pensó que, tal vez, no diría nada en absoluto-. No lo han hecho.

1 comentario:

Abbi dijo...

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